D.R. Ricaldi

Mis nuevos viejos amigos



 
La historia es más o menos así...
 
Iba un día soleado de otoño caminando tranquilamente por la feria, que se pone a un par de cuadras de mi casa, cuando de pronto ¡Oh, sorpresa! observé a un aburrido señor sentado sobre una piedra. Vendía libros. Libros viejos. Soberanamente viejos. Yo, como una polilla hambrienta de decrepitud, me incliné sin dar muestras de interés (nariz media respingada como olfateando algo feo, ojos adormilados, dedo en barbilla, etc.) y fue entonces que me comenzó este maldito dolor de espalda. 
Y claro... el señor de los libros lo sabía, yo lo sabía y lo mejor de todo... solo los dos lo sabíamos: contaba con una colección de joyitas literarias que a Dios gracias para mí, nadie más 
osaba apreciar.
Por $4.000.- me adueñé de unos cuantos ejemplares, que cualquiera me envidiaría. De eso y de la historia que el señor de los libros me contó. Siempre aprecio una historia más o menos bien contada. 
Libros de Nash, Lorac, Gardner, Dickson Carr. En serio son reales joyas de la literatura policial y detectivesca. Hoy, al menos acá en Chile, no existe ninguna editorial que haya sacado un tiraje dedicado a la época dorada del género policial. 
La historia del señor de los libros es bastante especial. Llevaba semanas sin poder venderlos. Se había hecho de ellos en un remate. Un librero cerraba su local y necesitaba finiquitar toda su mercancía. Él vio desde lejos, una caja sucia y maltrecha, se acercó y vio un montón de libros muy accidentados. El señor que estaba rematando los libros le dijo que esos estaban para ser botados a la basura. Se le habían mojado en las últimas lluvias y estaban muy, muy malos. El caballero al que le compré mi nuevo gran tesoro, los compró y los arregló lo mejor que pudo. Después de semanas de intentar venderlos en aquella feria, a precios en cada jornada más ridículos, se había dado por vencido y pretendía dejarlos por ahí tirados o tomar la misma decisión del antiguo dueño de estos libros: botarlos. En eso llegué yo y le compró todos los que había llevado en esa ocasión.
Ni les cuento la felicidad de él y la mía. Pagar $ 500.- o $ 200.- por un libro es realmente un chiste. Más aún pensando en los autores de esos libros.  
Honestamente, no leí nunca los títulos. Solo miré los autores y los fuí dejando a un lado. Los fui amontonando con hambre y le pregunté por doceava vez "¿Está seguro que ese es precio al que los vende?", me respondió afirmativamente. Tomé el lote de libros y se los pasé. Me miró y dijo "¿Se los guardo?", "No, los llevo", "¿Todos?" me preguntó con cara de asombro... "emm... si, claro: Todos" el señor me sonrió y debo confesar que sonrió más cuando le pasé todo el dinero. Antes de irme me dijo "Me salvó el día" a lo que yo le respondí "Usted me salvó la vida" jejeje... y así lo sentí.
Por qué les cuento esto, porque soy una convencida que el que desea leer, lo hace. En Chile los libros son caros, es verdad, pero al que le gusta realmente leer lo hace al costo que sea. Yo estoy atravesando por una crisis económica, y aún así me he hecho de libros maravillosos por precios estúpidos. Me las he ingeniado y he salido favorecida. 
 
 
   
 
 

   







 
   


 


 

 

              

 
 
 
 
   
     
     
 
¡Recuerda!

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Saludos y hasta una próxima entrega,


 






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